domingo, 23 de octubre de 2016

LOS CAMINOS DE LA PALABRA Por VÍCTOR LÓPEZ RACHE. Generación. El Colombiano, Medellín, Domingo, 23 de octubre, 2016. Sobre Silabario del camino, de Juan Manuel Roca

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LOS CAMINOS DE LA PALABRA

Por VÍCTOR LÓPEZ RACHE

Generación. El Colombiano, Medellín, Domingo, 23 de octubre, 2016. Pags. 14 y 15


Juan Manuel Roca, autor de Silabario del camino *, nació en la década que inicia la peor violencia colombiana. Si seguimos la huella poética de su obra, ha tenido que transitar una tierra en que envejecen los muertos, se construyen orificios en el vacío y, en el centro del miedo, la estatua del asesino se levanta orgullosa a bendecir sus cómplices en el cielo. También hay estatuas de pan frecuentadas por los pájaros y, en horas alérgicas al tiempo, por ángeles fugitivos que viajaban en barcos de carga y otras naves al servicio del contrabando.
Los poetas colombianos nos habían acostumbrado al divorcio entre realidad, creación e ideas. Eran importantes para la historia, o el espectáculo, o la academia, o la política. O para la poesía, en el caso de Aurelio Arturo y Carlos Obregón. Juan Manuel Roca ha logrado poetizar sin alejarse de la historia y las experiencias de sedentarios y transeúntes. Gracias a esta integración goza de una empatía innegable con sus contemporáneos de dentro y fuera del país.
Silabario del camino empieza con un libro publicado en 1973. A sus 27 años el autor ya ha comprendido que la patria del poeta es la lengua y sus motivos poéticos las experiencias humanas de cualquier época. Uno de sus poemas anunciaba la manera nítida de ver en contra de una poética vacilante entre la tradición solemne y el chiste de moda. Una sombra de pájaros cubría el rostro de dos ciegos que hablan de paisajes y, entre otras imposiciones atroces, el 11 de septiembre, en Chile, ocurría el golpe de estado al presidente Salvador Allende. Y en Colombia se prolongaba una alternancia de familias perversas, cuyos gobiernos han dejado más desaparecidos que los de Brasil y el Cono Sur.
El Siglo XX estaba a punto de irse y sus transeúntes aumentaban sus afanes tras el ruido y las fantasías de las mesas estratégicas de la comunicación subliminal. El caos se expandía en todas las direcciones y aquellos que encajaban en las trampas del orden imperante tenían como guías a ciegos expertos en oscurantismos artificiales; La música es la luz de los ciegos. Y en estos años, en efecto, eminentes oportunistas del conocimiento acomodaban muchos fines a El Fin del Milenio mientras los más crueles se investían de líderes con tanto poder que fueron capaces de poner al servicio de su ceguera a artistas e intelectuales.
La perdida del sentido común de las mentes cultivadas se propagó con tanta rapidez que invadieron hasta poetas de visión contraria a las estrategias de la manipulación. No pocos creadores cayeron en la red de los adictos a los ascensos y fueron capaces de entregar su palabra y su talento a cambio de dinero innecesario y reconocimientos inmerecidos. Desde entonces, quien quiere brillar en millones de pantallas le basta obrar de manera opuesta a la enseñanza de los poetas convencidos de su vocación (César Vallejo, Miguel Hernández, Anna Ajmátova, Dylan Thomas, Baudelaire, Villon...). Y a ello han contribuido las fantasías extremas. Los reconocimientos simbólicos que, consagraban a un talento de las letras, se trasformaron en premios de cifras exorbitantes a estrellas de la publicación. Han pretendido convertir el alma de los poetas en un cheque intercambiable que, si se portan bien, obtendrán premios de gobernantes y príncipes del área de lengua española y, si se portan todavía mejor, la escandalosa corona económica de los guantes del rey de Suecia. De fortuna apenas es una fantasía. 560 millones hablan español y, en 115 versiones, nuestros Premios Nobel en poesía apenas igualan los dedos de la mano derecha y los elegidos lo han recibido cuando, a falta de vista y apetito, en sus propias manos están adivinando cuáles bisnietos de fantasmas se quedarán con las ganancias de sus versos complacientes.
La forma de poetizar de Juan Manuel Roca es una lección. En cada poema nos dice: el comienzo y el fin del poeta está en la palabra. Ni siquiera en las publicaciones de juventud hay excesos en el lenguaje y, tampoco, poemas brevísimos tan usuales en los poetas de textos anoréxicos y frases mínimas; tan mínimas que son capaces de renegar del adjetivo necesario y omitir artículos inevitables en nombre de un lenguaje adecuado a la rapidez de la época, como si la poesía que surge de un espíritu libre aceptara las visiones de los sumisos a los afanes que impone el tallerista del día a día, el comentarista de contraportadas, o los círculos poéticos con un pequeño poder en la cultura de promoción.
Con el pasar de las páginas de los 19 libros compendiados, vendrán los puñales que evitan las heridas, como en sus inicios, las heridas buscaban el puñal. Roca es un poeta afortunado con el humor, la paradoja, la sugerencia; Imagina mejores historias / una cabeza no cortada. Bajo los designios de su poética el ser humano se vuelve extranjero hasta en los sueños. No se debe ajustar la poesía a las leyendas y, menos, a la historia; pero en sólo Venezuela se refugian seis millones de colombianos. Los carentes de un espacio en el universo, sobre todo en América y Europa, sin alcanzar el anhelado refugio en los sueños, padecen humillaciones propias de pesadillas sucedidas en los laberintos del mar cuando no administradas desde tranquilas casas de gobierno.
Antes mencionaba los guías ciegos, los absurdos de la historia, los ruidos y los extremismos, como constantes rigurosas que, en las últimas décadas, no sólo han alterado los elementos básicos de la vida sino los malestares propios de la misma naturaleza. Por ello, el poeta recomienda no mirarse en el espejo, esclavo del realismo tan fiel como el notorio oficial de los promotores de la violencia y la arbitrariedad. Si bien un espejo abarca todo lo que le permite la luz, ignora aquello que subyace tras los artificios sucesivos y es totalmente inocente para descifrar los inquietantes mundos ocultos en las distintas capas de la oscuridad.
Juan Manuel Roca profundiza, imagina, crítica, ilumina y, a través de homenajes y epígrafes, nos señala sus influencias y sus lecturas favoritas. Cada uno de sus libros es un cuerpo vivo que, uno tras otro, han logrado integrar Silabario del camino. Las 651 páginas no hacen de la obra reunida un libro extenso. Su alta poesía permite leerlo con la intensidad de un cuento, la atención de un ensayo, y sus palabras son mucho más pocas que las de una buena novela. Menciono estos géneros porque el poeta ha escrito ensayos, novelas, cuentos e historias para niños, y expresa la poesía en prosa y en verso.
Si se analiza con paciencia, Juan Manuel Roca ha escrito una obra integral. En sus páginas convergen pintores, escritores, bailarinas, brujas, jóvenes, ancianos, pordioseros, borrachos, santos y, desde luego, Nadie. Recoge experiencias artísticas e históricas y, junto a ellas, el vacío, el paisaje, el puente, los escritos en el agua, la escalera hecha con las piedras que a diario le lanzan y, que al final, lo puede dejar más allá del horizonte de sus detractores. Se adentra en criaturas y motivos esquivos a otros poetas. Su oficio literario parece inagotable y sin escalas odiosas. Una vez el texto llega a los lectores, por la misma lente puede mirarse el poema motivado en un fanático de cóctel, en un pintor consagrado, en un músico, en un maleante de los elogios mutuos revestido de crítico excluyente. La cantidad de personajes de Silabario del camino no se trastocan entre sí; son una vida plena en sí mismos. No se ha quedado en la dirección cómoda a su talento ni le está propiciando variaciones a sus propios textos y metáforas para incrementarle el volumen a la obra completa. El tiempo, la historia, la vida, en un permanente entrecruzarse, revelan los malestares e ideales de los habitantes de una imaginación jamás divorciada de la vida diaria.
Releyendo sus páginas se encuentran poemas dignos de antologías bastante selectivas. Carta rumbo a Gales es unos de los más comentados y de la misma calidad encontramos, Carta en un buzón del viento, El hombre del proyector, Las enfermedades del alma... Se podría enumerar muchos más; pero en el mundo hay pocos como César Vallejo invita a una cena, o, Palabras en la niebla. En Canción del que fabrica los espejos agrega más belleza a la belleza y al horror más horror. Se podría pensar que, así, el caos seguirá alucinando con su equilibrio aparente; pero es una percepción ligera porque la poesía de Roca no se puede someter a la señal de una balanza de oscilador armónico, menos a una balanza académica o de estéticas obedientes a las directrices de moda que, muchas veces, son peor que las impuestas por el poder. Encontrar a un poeta que deja varios poemas dignos de la memoria, no es habitual en la poesía y, menos, en la historia de la poesía colombiana.
654 páginas. 22.0 x 22.0 x 4.5 cms.



Juan Manuel Roca, hasta ahora, ha logrado permanecer fiel a sus viejos poetas enlunados y no ha caído en la red de los dependientes de la admiración ajena. Por ello, sin abusivos esfuerzos publicitarios de editoriales ni intereses de funcionarios oportunistas de ferias y embajadas, Silabario del camino se pude ubicar en la poesía de la lengua española; pues, afortunadamente, sobresale en el espectro de los numerosos títulos conocidos en las últimas décadas.
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